La comunidad científica y los organismos ambientales globales confirmaron que Venezuela se convirtió en el primer país del mundo de la era moderna en perder la totalidad de sus cuerpos de hielo perpetuo. El fenómeno alcanzó su punto crítico tras la degradación definitiva del glaciar La Corona, ubicado en el Pico Humboldt a casi 5.000 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional Sierra Nevada. El emblemático sitio disminuyó a una superficie inferior a las dos hectáreas (menos de 0,02 kilómetros cuadrados), quedando reclasificado técnicamente como un 'nevero' o campo de hielos estancados, al situarse muy por debajo del mínimo internacional de 10 hectáreas requerido para mantener la categoría de glaciar.
Este acontecimiento marca el cierre de un rápido declive que ilustra la vulnerabilidad de los glaciares tropicales ante el aumento de las temperaturas globales. En 1910, la nación sudamericana albergaba seis glaciares que se extendían a lo largo de 1.000 kilómetros cuadrados, e incluso el país llegó a registrar competencias de esquí de fondo en las cumbres de la Sierra Nevada de Mérida durante las décadas de 1950 y 1960. Sin embargo, investigaciones científicas locales e internacionales demostraron que la cobertura glaciar se redujo en un 98% entre 1952 y 2019, acelerándose drásticamente a partir de 1998 hasta alcanzar picos de pérdida de hielo del 17% anual desde 2016. Tras la desaparición de masas como La Concha en 1990 y La Columna en 2017, La Corona permanecía como el último centinela helado del territorio.
Desde la perspectiva del derecho internacional ambiental y la gobernanza climática, el caso venezolano trasciende las fronteras nacionales y se erige como un precedente dentro del debate multilateral sobre "pérdidas y daños" en el marco de las Naciones Unidas. A diferencia de las políticas de mitigación y adaptación tradicionales, la extinción de un cuerpo de hielo representa una consecuencia irreversible del cambio climático que desborda las capacidades de respuesta locales. El suceso reavivó las advertencias de la Iniciativa Internacional sobre el Clima de la Criosfera y de científicos de la Universidad de los Andes (ULA), quienes proyectan que, de mantenerse la inacción global frente a las emisiones de dióxido de carbono, el calentamiento térmico podría eliminar por completo los glaciares septentrionales de la cordillera andina, afectando de igual modo a Colombia y Ecuador, para el año 2050.
Asimismo, el proceso estuvo marcado por controversias sobre la implementación de tecnologías de geoingeniería y las competencias de preservación de los ecosistemas de alta montaña. En diciembre del año pasado, la administración local desplegó cerca de 83.000 pies cuadrados de mantas geotextiles de polipropileno sobre el área del Pico Humboldt con el propósito de reflejar la radiación solar y disminuir el derretimiento. Esta estrategia fue duramente cuestionada por expertos y organizaciones conservacionistas, quienes no solo objetaron la viabilidad técnica basándose en estudios de la Universidad de Friburgo, sino que alertaron sobre los riesgos de contaminación ambiental derivados de la degradación de los materiales sintéticos en microplásticos dentro de un ecosistema protegido.
Hacia el cierre del informe técnico, ecólogos y físicos de la ULA, como Luis Daniel Llambi y Alejandra Melfo, indicaron que la pérdida del blanco perenne da paso a una transformación ecológica inédita en los páramos andinos, caracterizada por la colonización lenta de vida vegetal y el desarrollo de nuevas especies de líquenes sobre las superficies rocosas desnudas. Mientras los organismos multilaterales analizan los mapas de riesgo orientados a mitigar las crisis de desabastecimiento hídrico en las cuencas del Caribe y el Pacífico, la desaparición institucional de los glaciares en Venezuela se consolida como una evidencia empírica de la urgencia de reestructurar el financiamiento climático internacional frente a la emergencia de la criosfera global.
Que el conocimiento no se extinga.