El espacio marítimo de Medio Oriente, específicamente el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb, funciona como uno de los puntos más importantes, tanto a nivel regional como mundial. Por ambos canales transita una parte crucial del comercio energético mundial, por el estrecho de Ormuz transita diariamente un 20% del petróleo del planeta, esto lo convierte en un espacio donde el control y la estabilidad se vuelven imprescindibles en materia de seguridad para los Estados consumidores. Por su parte, por el estrecho Bab el-Mandeb, en la entrada al mar Rojo, circuló en 2023 aproximadamente un 9% del comercio petrolero mundial.
La importancia estratégica de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb se ve amplificada por el conjunto de rivalidades políticas, religiosas, geográficas y económicas. En este espacio marítimo convergen las ambiciones de potencias regionales que buscan expandir su influencia sobre las principales rutas de exportación energética del mundo.
En primer lugar, la rivalidad entre Arabia Saudita e Irán constituye un pilar central de la dinámica regional, la disputa combina elementos sectarios, políticos y estratégicos. Por un lado, Arabia Saudita se posiciona como una potencia sunita y aliada tradicional de Occidente; por el otro, Irán lidera el bloque chiita y sostiene una política exterior revisionista.
Establecido bajo control iraní se encuentra el estrecho de Ormuz, el cual se convirtió en un instrumento de presión y disuasión. El uso del bloqueo o la interrupción del tránsito petrolero en el estrecho es utilizado por Irán como una herramienta en respuesta a sanciones internacionales o a operaciones militares de Estados Unidos y sus aliados. Por su parte, Arabia Saudita, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, a partir de la necesidad de transitar por ciertos espacios marítimos para exportar su petróleo hacia Asia, impulsaron proyectos como el oleoducto Este-Oeste y el oleoducto Habshan-Fuyairah para reducir su exposición a un eventual cierre del paso.
La búsqueda para garantizar la seguridad energética desarrolló una militarización progresiva del Golfo Pérsico, con presencia constante de fuerzas navales estadounidenses y británicas que patrullan el área para proteger la libre navegación.
En cuanto al Bab el-Mandeb, la rivalidad se traslada hacia el conflicto en Yemen, donde la guerra civil se ha transformado en un escenario de conflictos indirectos entre Irán y Arabia Saudita. El apoyo iraní al movimiento hutí, que controla el norte y sectores costeros próximos al estrecho, ha permitido a Irán proyectar poder sobre el mar Rojo y amenazar una de las rutas más críticas para el transporte de crudo hacia Europa. De este modo, el Bab el-Mandeb pasó a ser un espacio de fricción directa entre la coalición liderada por Arabia Saudita y los intereses iraníes, reproduciendo a escala marítima la polarización política del Golfo.
A su vez, la rivalidad entre Irán e Israel agrega en la región, ataques cibernéticos, sabotajes a buques y operaciones encubiertas, donde entre ambos países intensifican la inestabilidad en las rutas petroleras y consolidan la imagen de los estrechos como puntos de vulnerabilidad del sistema energético global. Ambos estrechos funcionan como arterias comerciales vitales e instrumentos de poder geopolítico, controlar o amenazar su tránsito equivale a poseer una capacidad de coerción que trasciende las fronteras regionales.
Además, la estabilidad de las rutas no solo depende de la voluntad de los Estados regionales, sino también del equilibrio de poder entre las grandes potencias que operan en la zona, como Estados Unidos, China y Rusia, cuya presencia busca simultáneamente proteger intereses comerciales y proyectar influencia estratégica en uno de los corredores más sensibles e importantes del mundo.
Actualmente, el conflicto en Medio Oriente consolidó un escenario de máxima tensión, el enfrentamiento abierto entre Irán e Israel, elevó los estrechos al centro de la agenda global de seguridad. Ataques a buques, amenazas de bloqueo, operaciones encubiertas y respuestas militares puntuales mostraron que el control de estas rutas dejó de ser solo una cuestión económica para transformarse en un factor decisivo de coerción política. En este contexto, la estabilidad del sistema energético mundial depende cada vez más de un delicado equilibrio de poder en estos cuellos de botella marítimos, donde una escalada regional tiene el potencial de convertirse en una crisis global.
Que el conocimiento no se extinga.