La 11.ª Conferencia Anual de Seguridad Hemisférica (por sus siglas en inglés HSC2026) se llevó a cabo en Miami, Florida, Estados Unidos, entre el 5 y el 8 de mayo de 2026. El evento, organizado por la Florida International University (FIU) y la Fundación TAEDA, tuvo lugar en la sede de la universidad. La agenda estuvo repleta de temas latentes como la crisis en Medio Oriente, la transición política en Venezuela, la influencia de China, ciberseguridad, migración y el uso de inteligencia artificial en defensa.
Como cada evento político en los últimos meses, este no fue la excepción en reavivar viejas tensiones entre los dos gigantes ideológicos: EE. UU. y China. Lo que inicia como una intención pasiva de querer restablecer el orden del mundo tal como lo conocemos, se convierte de a poco en una disputa que no deja de ser tendencia. Estas dos potencias no solo representan dos bandos opuestos en materia ideológica, sino que también nivelan la balanza para aquellos que dicen ser sus aliados. Una vez más, estos dos países transforman cualquier escenario en una situación para polarizar el mundo en dos: Occidente vs. Oriente. Por eso, América Latina se vuelve un terreno estratégico. Los países deben definir si quieren participar en esta dicotomía del poder, mientras que impulsan sus propias agendas políticas.
En tiempos de crisis, elegir un bando se vuelve una situación relevante para establecer alianzas comerciales y asegurar que los intereses propios de un país estén resguardados. Pero es muy difícil no exponer la ideología política de una nación al elegir posiblemente a uno de los bloques, lo que puede significar que se cierren puertas a otras oportunidades.
En esta conferencia, cada bloque ofrece un paquete de medidas que promete favorecer a aquellos que se alineen con esas ideas. La Casa Blanca pone sobre la mesa los acuerdos bilaterales sobre minerales críticos y la iniciativa Escudo de las Américas. La política exterior estadounidense se basa en el Corolario Trump (una interpretación moderna de la Doctrina Monroe), cuyo eje es contrarrestar la influencia de potencias extranjeras, principalmente China en el hemisferio occidental (territorio del ‘’mundo libre’’). Sin embargo, hay países que se antepusieron a esto como son Brasil, Colombia y México que apoyan diversificar alianzas con Beijing. Argentina, Paraguay y Chile muestran una mayor cercanía con Washington.
Por su parte, China ofrece cooperación económica, mercados comerciales, créditos blandos para obras públicas y tecnología a valores irrisorios, que simbolizan una oportunidad tentadora para las economías emergentes de América Latina.
El apoyo de Argentina hacia EE.UU. fue más que evidente en distintas ocasiones por el presidente Javier Milei, quien demostró un interés profundo por las políticas estadounidenses. Esto obligó a que la influencia china cada vez pierda más su poderío en la región. Perdió el control sobre el Canal de Panamá, no pudo establecer un puerto de aguas profundas en el sur de la Argentina y ya casi no accede a licitaciones públicas para montar redes tecnológicas destinadas a la transmisión de datos.
Si bien esta división geopolítica puede cambiar en cualquier momento, estar de un lado u otro no garantiza que América Latina tenga un mejor porvenir, sino que establece que cada país puede tomar la decisión que considere necesaria para promover una agenda propia, indistinta de EE.UU. y China.
Que el conocimiento no se extinga.