La mañana del 11 de septiembre de 2001 nadie imaginaba que la organización islamita AI Qaeda había planeado secuestrar cuatro aviones comerciales, dos de los cuales impactarían contra las Torres del World Trade Center (WTC), símbolo del poder económico estadounidense. El primer avión (el vuelo 11 de American Airlines) golpeó la Torre Norte a las 8:43 am, lo que provocó que 92 personas fallecieran instantáneamente y los trabajadores quedaran atrapados en los pisos superiores. Seguidamente, un segundo avión (el vuelo 175 de United Airlines) impactó en la Torre Sur a las 9:03 am, lo que ocasionó el colapso de los pisos y tiempo después el derrumbe de ambas torres, dejando sin vida a 2.606 personas en Nueva York.
En medio de esta tragedia, el vuelo 77 American Airlines se estrelló contra el Pentágono, sede del Departamento de Defensa. Por su parte, el vuelo 93 de United Airlines, tenía como objetivo la Casa Blanca o el Capitolio (símbolo del poder político estadounidense) según reportes de Deutsche Welle. Sin embargo, el avión se estrelló en un campo cercano a Pensilvania debido a que los pasajeros se enfrentaron a los secuestradores y tomaron el control del avión. Este atentado dejó un total de 2.977 personas fallecidas, una cifra respaldada por el Memorial y Museo Nacional del 11 de Septiembre.
Inmediatamente, bajo las directrices de George W. Bush, se desplegó una campaña en “la lucha contra el terrorismo” convirtiendo la seguridad global en uno de los pilares fundamentales en la agenda internacional, respaldada por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esto desencadenó una intervención militar estadounidense en Afganistán, cuyo país se sospechaba el resguardo de Osama Bin Laden, el líder y responsable de los ataques, y protegido por el gobierno talibán. Además de ello, se desencadenó una guerra en Irak (2003), definiendo una vez más las acciones estratégicas del norte en Oriente Próximo.
Sin embargo, sostener estas intervenciones implicaba en construir ante la sociedad estadounidense un discurso moral que identificaba a ciertos actores como “el eje del mal”. En pleno auge de la globalización, este discurso transformó las percepciones sociales en una narrativa de guerra entre Occidente (nosotros) y Oriente (ellos), lo que terminó redibujando las polarizaciones entre países y las relaciones multilaterales por mucho tiempo.
Si bien veinticinco años después Estados Unidos ha preservado la memoria de quienes perdieron la vida, así como el punto de inflexión que a inicios del siglo XXI marcó la política exterior estadounidense y la reconfiguración de la geopolítica mundial, para la comunidad internacional el 11-S sigue siendo un recordatorio de la importancia de apostar por la cooperación multilateral en lugar de la confrontación, especialmente hoy, en plena lucha por el control de rutas y recursos estratégicos.
Que el conocimiento no se extinga.