Groenlandia volvió a ubicarse en el centro de una controversia internacional que involucra a Estados Unidos, Dinamarca y la Unión Europea. En las últimas semanas, una serie de declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, vinculadas al interés estratégico de Washington en el territorio ártico, generó reacciones inmediatas en Europa y reabrió el debate sobre soberanía, seguridad y comercio en el Atlántico Norte.
Groenlandia es un territorio autónomo que forma parte del Reino de Dinamarca y posee una ubicación estratégica clave en el Ártico, además de importantes recursos naturales. Su relevancia geopolítica se incrementó en los últimos años debido a la competencia entre grandes potencias, la explotación de recursos y el impacto del cambio climático en las rutas marítimas. En ese marco, Trump volvió a manifestar públicamente el interés de Estados Unidos en reforzar su influencia sobre la isla, lo que aliados europeos interpretaron como una presión directa sobre Dinamarca.
Las declaraciones del mandatario estadounidense estuvieron acompañadas por amenazas de imponer aranceles adicionales a productos europeos de hasta un 10%, con la posibilidad de elevarlos al 25%, en caso de que no existiera una mayor cooperación en materia estratégica vinculada a Groenlandia. Estas advertencias encendieron alertas en Bruselas, donde la Unión Europea advirtió que podría suspender la ratificación del acuerdo de libre comercio con Estados Unidos si se concretaban medidas comerciales unilaterales o presiones que afectaran la soberanía de un Estado miembro.
Desde Copenhague, el gobierno danés respondió con firmeza. Las autoridades del Reino de Dinamarca reiteraron que Groenlandia no está en venta y que cualquier discusión sobre su futuro corresponde exclusivamente a Dinamarca y al pueblo groenlandés. Asimismo, enfatizaron que la soberanía del territorio constituye una cuestión no negociable y llamaron a mantener el diálogo dentro de los marcos diplomáticos y multilaterales existentes.
En el plano institucional, la escalada verbal dio lugar a gestiones diplomáticas orientadas a contener la tensión. En ese contexto, durante el Foro Económico Mundial de Davos, Trump se reunió con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y retractó su amenaza sobre los aranceles tras alcanzar un “marco para un futuro acuerdo” sobre Groenlandia y la seguridad del Ártico. Rutte describió el entendimiento como una base para continuar las negociaciones con Dinamarca y Groenlandia en materia de seguridad colectiva en la región. Dinamarca fue enfática en que dicho marco no debilita su soberanía, aunque aún no trascendieron detalles operativos del acuerdo.
La crisis en torno a Groenlandia refleja la complejidad de la política exterior transatlántica en una región cada vez más estratégica. Las tensiones derivadas de las amenazas arancelarias y de las declaraciones sobre control territorial pusieron a prueba la cohesión entre Estados Unidos y sus aliados europeos, mientras Dinamarca reforzó su posición en defensa de la soberanía territorial. El diálogo bajo la égida de la OTAN aparece como una vía para moderar las disputas, aunque la falta de definiciones concretas mantiene un margen significativo de incertidumbre.
En un escenario donde convergen seguridad ártica, comercio internacional y alianzas estratégicas, la gestión diplomática de este conflicto se perfila como un indicador clave del estado de las relaciones transatlánticas en 2026.
Que el conocimiento no se extinga.