El emblemático Reloj del Juicio Final fue actualizado a 85 segundos —antes de la medianoche del 28 de enero 2026—, el punto más cercano a una catástrofe global desde su creación en 1947, según advirtieron los científicos del Bulletin of the Atomic Scientists (Boletín de los Científicos Atómicos). Esta nueva marca refleja un aumento de riesgos que incluyen tensiones nucleares, crisis climática y tecnologías disruptivas sin regulación efectiva.
El anuncio, hecho en una rueda de prensa en Chicago, provocó una ola de alertas en medios internacionales, que apuntan a varios factores que empujaron el reloj a su posición histórica.
Entre las causas centrales figura la persistencia de guerras y disputas geopolíticas que involucran indirectamente a Estados con capacidad nuclear. La guerra en Ucrania, junto con el deterioro de los acuerdos de control de armamentos y el aumento de la retórica militar entre Estados Unidos, Rusia y China, configura un escenario de riesgo elevado de escaladas y errores de cálculo. A este contexto se suman tensiones en otras regiones estratégicas, como Medio Oriente y Asia, que refuerzan un clima de inestabilidad prolongada.
Otro de los ejes señalados es la crisis climática: marcada por récords de temperatura global, eventos extremos cada vez más frecuentes y compromisos estatales considerados insuficientes para frenar el calentamiento global. La falta de avances significativos en políticas de mitigación y adaptación es un factor que agrava los riesgos sistémicos a largo plazo.
El desarrollo acelerado de tecnologías emergentes, en particular la Inteligencia Artificial (IA), es identificado como un nuevo factor de presión. Su incorporación en ámbitos militares, sistemas de vigilancia y campañas de fake news (noticias falsas), sin marcos regulatorios globales sólidos, es un multiplicador de amenazas en un entorno internacional fragmentado.
Frente al avance del reloj, los científicos no sólo lanzaron advertencias: esbozaron propuestas concretas que, según ellos, podrían evitar que las agujas sigan acercándose a la medianoche.
En la rueda de prensa, Alexandra Bell, presidenta y CEO del Bulletin of the Atomic Scientists, señaló que los riesgos que enfrenta la humanidad “son solucionables”, pero requieren decisiones políticas audaces, cooperación multilateral y presión ciudadana sobre los líderes globales. “Cada segundo cuenta y se nos está acabando el tiempo”, advirtió Bell, insistiendo en que la comunidad internacional debe exigir acciones rápidas y verificables frente a amenazas que aumentan en múltiples frentes.
Entre las medidas que destacaron expertos figuran:
Reforzar acuerdos de control de armas nucleares y reanudar el diálogo entre potencias para desactivar tensiones estratégicas, en especial entre Estados Unidos, Rusia y China, cuyas relaciones cada vez más “agresivas y nacionalistas” son un factor de riesgo permanente.
Regulación internacional de tecnologías emergentes, especialmente de la Inteligencia Artificial, para evitar su uso desestabilizador en ámbitos militares, cibernéticos y de desinformación.
Acción climática coordinada que traduzca compromisos en reducciones concretas de emisiones y políticas energéticas que frenen el avance de la crisis climática, hoy fuera de control por falta de medidas eficaces.
Cooperación en bioseguridad para anticipar y mitigar riesgos derivados del uso indebido de biotecnologías, una amenaza cada vez más presente según las evaluaciones científicas.
En la misma conferencia, Daniel Holz, presidente del Science and Security Board (Consejo de Ciencia y Seguridad), subrayó que “la intensificación de conflictos y la falta de confianza internacional” debilitó estructuras diplomáticas que en el pasado ayudaron a contener riesgos globales, por lo que recuperar esos canales es, a su juicio, una pieza central para mover el reloj en sentido contrario.
Aunque el Reloj del Juicio Final —también conocido como Doomsday Clock— es una metáfora, su mensaje fue consistente: no predice eventos concretos, pero ilumina de forma concisa y simbólica la percepción de los científicos sobre los riesgos globales en un momento determinado. Creado en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists, este símbolo fue concebido originalmente para advertir sobre el peligro nuclear tras la Segunda Guerra Mundial y desde entonces se ha convertido en un barómetro de amenazas humanas como armas, clima y tecnologías disruptivas.
En sus palabras: no es una predicción, sino una llamada de atención sobre problemas que, de no abordarse, podrían desencadenar consecuencias graves para la estabilidad y la supervivencia humana.
Que el conocimiento no se extinga.