El presidente norteamericano inauguró una nueva era en el multilateralismo global en el Foro Económico Mundial con el lanzamiento de su Junta de Paz. Originalmente, fue concebida para la reconstrucción de Gaza, auspiciada por un mandato de la ONU. Sin embargo, la organización mutó y ahora es un ente global con ambiciones de reemplazar funciones de las Naciones Unidas.
La estructura de esta Junta de Paz denota un modelo corporativo y personalista en la construcción de espacios multilaterales. A diferencia de otras organizaciones intergubernamentales, en esta entidad el poder está centralizado en Donald Trump a título personal. Figura como presidente inaugural por tiempo indefinido y cuenta con poderes extraordinarios: veto, disolución de la Junta y nombramiento de su sucesor.
Además, este ente introduce un modelo transaccional explícito de adhesión, pocas veces visto en la política internacional. La membresía de la Junta de Paz tiene un precio de 1.000 millones de dólares. Trump la calificó como la junta “más prestigiosa jamás formada”, ofertando la membresía como un producto en venta y mercantilizando la toma de decisiones diplomáticas.
La Junta de Paz ahora se presenta como un ente orientado a la promoción de la paz y seguridad en el mundo, análogamente a la ONU. Su objetivo declarado es mediar pragmáticamente en conflictos internacionales, promover la estabilidad y establecer una paz duradera en zonas afectadas por la guerra. Aunque originalmente se concibió para supervisar el proceso de paz en Gaza, su mandato busca expandirse a escala global.
Varios líderes afines a Trump se adhirieron a esta iniciativa, provenientes de distintos espacios. Se aprecia una mezcla de aliados ideológicos, Argentina y Hungría; de monarquías del Golfo, Arabia Saudita y Qatar; y potencias emergentes, Indonesia y Pakistán.
A su vez, es notable la ausencia de varios aliados occidentales tradicionales en la Junta de Paz. Países como Reino Unido, Francia, Noruega o Suecia rechazaron unirse, argumentando que contraviene el derecho internacional y socava el papel de la ONU. Asimismo, Italia pidió que se reformen los estatutos de la junta para adherirse, mientras que Canadá fue desinvitada por Trump dado su acercamiento a Beijing.
Una de las invitaciones que más llamó la atención fue la realizada por Trump al presidente de Rusia Vladimir Putin para unirse a la iniciativa. Moscú aún no ha respondido formalmente la invitación, aunque sugiere que su membresía sea pagada con los activos rusos congelados en Occidente. En cualquier caso, la invitación a líderes como Putin o Lukashenko de Bielorrusia denota una diplomacia pragmática que desestima sus cuestionamientos sobre derechos humanos.
Además de Trump como presidente inaugural, la Junta funciona mediante una Junta Ejecutiva Fundadora, encargada del funcionamiento diario y la gestión de fondos. Entre sus miembros destacados, se encuentran el secretario de Estado Marco Rubio, el yerno de Trump Jared Kushner, el ex-premier británico Tony Blair, entre otros.
Precisamente, sobre su labor original de guiar el proceso de paz en Gaza, Kushner presentó planes para una “Nueva Gaza”, altamente urbanizada y turísticamente atractiva. Sin embargo, “se evidencia una desconexión entre el plan de paz propuesto y la realidad política y humanitaria”, como señaló el reportero Abu Azzoum para Al Jazeera. Después de todo, no existe representación palestina en la Junta y los palestinos son tratados como un problema a gestionar y no como sujetos políticos.
Aunque Trump dice que trabajará con la ONU, expertos de medios como El País o The New York Times ven un intento claro de volverla obsoleta. De no ser así, lo que es cierto es que se busca crear una estructura paralela a la ONU más ágil, pero menos democrática. En suma, la Junta de Paz representa un giro hacia un orden más transaccional y lealtades personales, en detrimento de un sistema basado en reglas.
Que el conocimiento no se extinga.