Cada 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor, una fecha establecida en 1995 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en París.
La conmemoración rinde homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra, William Shakespeare y Inca Garcilaso de la Vega, y busca promover la lectura, fortalecer la industria editorial y proteger la propiedad intelectual a nivel global.
En Argentina la conmemoración se realiza el 15 de junio, en recuerdo de una iniciativa local: en el Congreso Nacional de Mujeres en 1908 se entregaron diversos premios en un concurso literario, lo que marcó el inicio de esta celebración en la región.
En 1924, por Decreto Nacional del gobierno de Marcelo T. de Alvear, se estableció de manera oficial la “Fiesta del Libro”. En 1941 la denominación fue modificada a “Día del libro”, que se mantiene hasta la actualidad con los mismos propósitos iniciales: promover la lectura a todo el país.
El origen de esta fecha se remonta a 1923, cuando el escritor valenciano Vicente Clavel Andrés propuso instaurarla ante la Cámara Oficial del Libro en Barcelona. La iniciativa fue aprobada tres años más tarde por el rey Alfonso XIII de España.
En 1930 se fijó el 23 de abril como Día del Libro, en coincidencia con la festividad de Sant Jordi (San Jorge), una celebración arraigada en Cataluña y extendida a distintos países y regiones. Durante la jornada, es tradicional regalar una rosa tras una lectura, acto o pregón, así como intercambiar libros y flores entre personas cercanas.
La efeméride adquirió alcance global en 1995 a partir de una iniciativa impulsada por la Unión Internacional de Editores y presentada por el gobierno de España ante la UNESCO, que estableció el 23 de abril como Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor.
Es una tradición anual inaugurar la Feria Internacional del Libro (FIL) de Buenos Aires durante esa misma semana; donde escritores, editores, lectores y referentes de la industria editorial se reúnen para compartir lo que más les apasiona: los libros.
Los derechos de autor son un conjunto de principios jurídicos que protegen las obras creativas —literarias, científicas, musicales, artísticas y didácticas— y reconocen a sus autores desde el momento de su creación.
Sus antecedentes se remontan a disputas tempranas sobre la copia y la propiedad intelectual. Uno de los casos más citados es el del Cathach, un manuscrito de los Salmos del siglo VII atribuido a San Columba. La controversia sobre su reproducción fue resuelta por el rey Diarmait mac Cerbaill con una sentencia que suele leerse como antecedente del derecho de copia: “A cada vaca le pertenece su cría; por lo tanto, a cada libro le pertenece su copia”.
Estos derechos hoy alcanzan también a producciones como el software, la publicidad y el cine, y están reconocidos como derechos fundamentales en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La regulación se articula mediante acuerdos como el Convenio de Berna, que fija estándares mínimos de protección, entre ellos un plazo base de 50 años tras la muerte del autor para los derechos patrimoniales, con extensiones en varios países.
El libro, en sus distintos formatos y soportes, ha sido uno de los principales vehículos de transmisión cultural a lo largo de la historia. Desde las tablillas de arcilla en Mesopotamia hasta el papel impreso y las plataformas digitales, la escritura permitió la circulación de ideas entre distintas épocas y regiones.
En el escenario actual, marcado por la expansión de los libros electrónicos y la inteligencia artificial, el formato impreso mantiene un lugar sostenido dentro de los hábitos de lectura. La convivencia entre soportes no desplazó al libro en papel, que continúa ocupando un espacio relevante en la producción y el consumo cultural.
Como escribió Jorge Luis Borges en El Hacedor (1960): “Yo, que me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca”. El libro, en ese marco, sigue funcionando como un soporte central para la circulación de conocimiento y la construcción de memoria cultural.
Que el conocimiento no se extinga.