El 7 de diciembre de 2024 se produjo un acontecimiento que constituyó un verdadero parteaguas en la historia de Medio Oriente. Bashar Al Assad, quien gobernó Siria durante décadas, dejó el país para huir hacia Rusia.
Después de 14 años de una guerra civil –que desencadenó en la crisis de refugiados más grande de este siglo–, los miembros del grupo insurgente HTS, de orientación islámica y apoyado por la República de Türkiye, fueron ocupando una a una las ciudades más importantes del país hasta llegar a Damasco, la capital y ciudad más poblada del país. En tan solo una semana, entre fines de noviembre y principios de diciembre de 2024, los rebeldes sirios lograron derribar el régimen de Bashar Al Assad, digno heredero de su padre, Hafez Al Assad. Ambos gobernaron la República Árabe Siria con mano de hierro.
Con el estallido de la Primavera Árabe, una serie de protestas que reclamaban el fin del autoritarismo, Bashar Al Assad movilizó al Ejército para reprimir a los manifestantes de forma brutal. Los enfrentamientos entre los rebeldes y el Ejército desembocaron en una guerra civil que cobró características internacionales con la incorporación de actores como Rusia, Turquía, Estados Unidos y Europa al conflicto.
En este contexto, Bashar Al Assad no hizo más que profundizar su maquinaria de terror y tortura. A lo largo de todo el país, se erigió una red de centros clandestinos de detención donde permanecieron miles de disidentes y simpatizantes de los rebeldes. Desde activistas feministas y activistas por los derechos humanos, hasta referentes de la oposición democrática en Siria, todo aquel que osara enfrentar al director Bashar Al Assad, se convertía en víctima de estos centros de la muerte.
Bashar Al Assad
De entre todos ellos, hubo un centro de detención y tortura que superaba a los demás por su tamaño, la cantidad de prisioneros que pasaron por allí y la crueldad a la que eran sometidos los detenidos. Se trata del centro de detención de Sednaya, ubicado en la ciudad homónima, donde se calcula que alrededor de 30.000 personas pasaron por sus celdas. Conocido como “el matadero humano”, Sednaya contaba con varios pisos, incluso algunos se encontraban bajo tierra, para alojar prisiones dónde detenidos y detenidas permanecían hacinados.
Una vez que se ingresaba a este centro de detención, las probabilidades de salir con vida eran prácticamente nulas. Ataques con ácido, abusos sexuales y celdas subterráneas son algunos de los elementos que hacen de Sednaya un lugar escalofriante. Con la caída del gobierno de Al Assad, los rescatistas trabajaron a contrarreloj para rescatar los restos de los prisioneros asesinados y salvar, en la medida de lo posible, a los pocos prisioneros con vida que se encontraban bajo tierra.
Sednaya es un ejemplo de la crueldad característica a la que los regímenes autocráticos someten a su población. A un año del fin de la dictadura del terror de Al Assad, es imperativo que la Comunidad Internacional no permita que estos delitos permanezcan impunes.
Que el conocimiento no se extinga.