A principios del siglo XIX, las naciones europeas creían que finalmente podían controlar su propio destino. Tras las agotadoras Guerras Napoleónicas, el continente buscaba avanzar hacia una nueva era contemporánea, estabilizando sus fronteras y sociedades. Sin embargo, en 1815 una violenta erupción al otro lado del mundo demostró que por más que el hombre avance, la naturaleza siempre tiene la última palabra. Lo que comenzó en el Monte Tambora, en Indonesia, se convirtió en una catástrofe global que un año después, en 1816, causaría una de las últimas grandes crisis de subsistencia en el mundo occidental.
La erupción del Monte Tambora es considerada una de las más explosivas del último milenio. Lanzó a la estratosfera una cantidad colosal de ceniza y dióxido de azufre, creando aerosoles de sulfato que bloquearon la radiación solar. El resultado fue un enfriamiento global prolongado, estimándose que la temperatura del planeta disminuyó entre uno y tres grados centígrados. Este fenómeno no solo trajo frío, sino que también alteró la circulación del océano y la atmósfera. Puesto que, mientras algunas regiones secas se humedecían, la lluvia global se reducía en otras áreas. En gran parte del hemisferio norte, incluyendo Europa central, occidental y América del Norte, el clima se volvió inusualmente frío y húmedo. Las consecuencias se evidenciaron en las cosechas, pues estas se pudrieron en los campos y la escasez afectó el comportamiento de los ecosistemas e incluso llegó a tener repercusión en la pesca en lugares remotos. Para la historia, 1816 quedaría registrado como el verano más frío en Europa entre los años 1766 y 2000.
Uno de los cambios más drásticos ocurrió en el Golfo de Maine, a este episodio se le denominó el "año de la caballa", debido a que el frío extremo afectó la fenología de las especies marinas siendo las más perjudicadas las alosas (alewives), ya que las temperaturas del agua dulce se volvieron inhabitables para ellas. Entonces, ante su falta y el fracaso de los cultivos terrestres, los pescadores se volcaron hacia la caballa, una especie más abundante y tolerante a las nuevas condiciones, impulsando así al uso generalizado de la potera para caballa (mackerel jig) y marcando un cambio permanente en la industria por la transición de la pesca en ríos hacia la pesca marina en alta mar.
En el epicentro del desastre la destrucción fue total. La erupción, los flujos piroclásticos y los tsunamis destruyeron miles de hogares y se cobraron aproximadamente 10.000 vidas de forma inmediata. La devastación debilitó el control colonial holandés en la región, lo que paradójicamente fortaleció la resistencia de las poblaciones indígenas y la piratería contra las influencias occidentales. Posteriormente, otras 80.000 personas morirían por enfermedades derivadas de la catástrofe, sumándose un total de entre 60.000 y 90.000 víctimas en la región.
Para Europa, el desastre natural llegó en un momento inestable, durante las secuelas de las Guerras Napoleónicas las cuales habían dejado una economía frágil, una población estancada y una infraestructura desgastada. La crisis climática agravó la pobreza y frenó el desarrollo industrial. Los gobiernos tuvieron que, en lugar de buscar alianzas exteriores, volcarse a su interior para evitar levantamientos civiles provocados por el hambre.
En Austria, territorio el cual ya estaba económicamente frágil desde 1811 por las guerras, se agravó al grado de obligar a su gobierno a centrarse exclusivamente en la contención de revueltas. Situaciones parecidas se vivieron en Irlanda y Suiza, donde se expandieron las revueltas por alimentos, siendo la situación irlandesa la más afectada al surgir una combinación de hambruna y la epidemia de tifus que resultó en la muerte de más de 40.000 personas. En el caso de Bohemia y Moravia, el impacto fue severo, puesto que en el año 1815 ya habían tenido un clima extremadamente húmedo que, por el desastre de Tambora, el siguiente año fue el año más gélido. Los precios del centeno y la cebada se multiplicaron en Praga, mientras que en Moravia los cereales básicos triplicaron su valor aproximadamente. Cabe resaltar que la humedad extrema en Bohemia del noroeste provocó cinco grandes deslizamientos de tierra y graves inundaciones en los ríos Elba y Moldava. Por otro lado, América del Norte también sintió las consecuencias de la explosión del volcán. Estados Unidos sufrió precios desmesurados en los granos. Y, al igual que en Nueva Inglaterra, se registraron nevadas y heladas mortales en pleno mes de junio en lugares como Nueva York y Massachusetts. Asimismo, en el noroeste de América se dieron tres episodios de frío extremo que destruyeron parte del ganado ovino y redujeron a un tercio las cosechas de maíz en Vermont y Maine. Incluso en Quebec, Canadá, se acumularon hasta 30cm de nieve en verano. Este descenso térmico se sintió incluso en México y Guatemala. No obstante, el impacto no fue uniforme, porque hay evidencia que tanto como en Escandinavia y los países bálticos no sufrieron complicaciones mayores con sus cosechas, y de igual manera en Rusia, en donde el impacto fue casi imperceptible.
Una de las mayores consecuencias fueron las migraciones, dado que la desesperación por climas más estables para la agricultura y la escasez hizo que miles de familias abandonaran sus hogares y migraran hacia el Medio Oeste. Sin embargo en la vista de Europa esto los redireccionó hacia América: alrededor de 60.000 personas, principalmente de Irlanda y el Reino Unido, se embarcaron hacia el Nuevo Mundo. Para los habitantes de Centroeuropa, el acceso a los puertos era más difícil. En el puerto de Ámsterdam, las condiciones se volvieron tan deplorables que muchos de los que soñaban con partir decidieron finalmente regresar a sus casas.
El año sin verano de 1816 no cambió las fronteras de los mapas, pero sí reescribió la historia. Nos enseñó que el progreso humano es profundamente vulnerable ante los fenómenos naturales, y sobre todo, nos enseñó que la naturaleza sigue siendo el motor silencioso de nuestra historia.
Que el conocimiento no se extinga.