El deterioro estructural de la República Islámica de Irán es noticia nuevamente. Tras grandes manifestaciones en Teherán y en Mashhad, la población pide el derrocamiento del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Khamenei, quien ocupa el cargo desde 1989.
La población busca expresar su frustración por la inflación récord, el aumento de los precios de los alimentos y el repentino colapso de la moneda nacional. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, recordó las reiteradas protestas de años anteriores, con sectores de la población que exigían un cambio en la forma de gobierno. “Una vez más, la reacción de las autoridades es recurrir a la fuerza bruta para reprimir las demandas legítimas de cambio”, describió Türk.
Cuando el vínculo entre el Estado y la ciudadanía no pasa por los impuestos, sino por la renta, el conflicto político no se calma con negociación o reformas, sino a partir del control. Las protestas no son vistas como un reclamo legítimo que deba ser procesado institucionalmente, sino como una amenaza al orden que debe ser neutralizada.
Por otra parte, en Venezuela, bajo el gobierno de Nicolás Maduro, la sociedad venezolana se manifestó frente a la crisis económica, la falta de transparencia en los comicios y el deterioro de la democracia. Durante las elecciones de 2024, las cuales fueron consideradas fraudulentas por la oposición y parte de la comunidad internacional, se mostró nuevamente la crisis democrática.
Tras años y años de manifestaciones, la desesperación llevó a los estudiantes, trabajadores y sectores populares a movilizarse; la respuesta fue represión sistemática por parte de las fuerzas de seguridad y grupos afines al gobierno, incluyendo la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana. Esto dejó miles de detenciones arbitrarias, uso de fuerza letal, denuncias de torturas, desapariciones y juicios contra manifestantes y opositores.
En el contexto de profunda polarización y desconfianza hacia las instituciones, la captura de Maduro por parte de Estados Unidos fue recibida por los venezolanos, dentro y fuera del país, que celebraron con esperanzas de un cambio hacia mayor libertad y justicia. Mientras que otros, incluidos los simpatizantes del chavismo, la rechazaron como una violación de la soberanía nacional.
Democracia, control y petróleo
Las crisis de representación y la especulación sobre la democracia crecen tanto en Venezuela como en Irán: la similitud entre los países radica en sus ingresos petroleros, o en la “maldición de los recursos” como sugiere el académico Michael L. Ross. El autor plantea que los países con grandes ingresos petroleros tienden a ser menos democráticos o a enfrentar mayores dificultades para transitar hacia democracias estables.
En Irán y Venezuela la renta petrolera, a diferencia de otros tipos de ingresos, altera la relación entre el Estado y la sociedad, lo que disminuye los incentivos para mantener la democracia.
Al ser Estados rentistas, Estados que en este caso viven del petróleo, el gobierno no necesita cobrar demasiados impuestos para sostenerse. Como no dependen del dinero de la población, tampoco dependen de su aprobación. De esta forma rompen el vínculo entre pagar y exigir, menos impuestos significa menos reclamos, menos control y menos presión social. La política ya no se basa en la negociación con la ciudadanía, sino que pasa a organizarse en manos de unos pocos, con un Estado fuerte y una sociedad con menor capacidad de exigir rendición de cuentas.
Por otra parte, la industria petrolera genera cierto desarrollo económico, pero no transforma la política y la sociedad en profundidad. La riqueza petrolera no nace del trabajo ni de la sociedad, sino de un recurso que controla el Estado. El país genera dinero, pero no crea empleos calificados, no desarrolla la educación o una ciudadanía económicamente activa.
El país puede crecer en cifras, pero no genera cambios reales en quién manda, en cómo se gobierna o en cuánto puede exigir la sociedad. Hay crecimiento económico, pero el poder sigue concentrado, la sociedad no progresa y la política queda igual que siempre.
El petróleo y todo lo que eso conlleva, crea condiciones estructurales que dificultan la democracia. La industria y el Estado no desarrollan la ciudadanía, el petróleo genera dependencia, y más que fomentar instituciones y diversificación, puede consolidar Estados fuertes con sociedades políticamente frágiles.
Que el conocimiento no se extinga.