Toda operación militar debe considerar las condiciones del terreno y el clima. Sin embargo, hay variables que, por su aparente insignificancia, no son contempladas y terminan alterando severamente el resultado de un conflicto; ese es precisamente el caso de la Batalla de Tanga, conocida también como la Batalla de las Abejas.
En noviembre de 1914, la Primera Guerra Mundial llegó al continente africano. El Imperio Británico enfocó su atención en la región oriental de África, que en ese momento pertenecía a Alemania, porque era un lugar esencial para el control logístico en el océano Índico.
El ejército británico había diseñado una estrategia de desembarco anfibio para tomar la ciudad costera de Tanga. El desembarco estaba compuesto principalmente por fuerzas indias y británicas y alcanzaba los 8000 elementos. En contraparte, las fuerzas alemanas solo contaban con 1000 hombres, conformados por oficiales alemanes y askaris.
El desembarco comenzó con problemas logísticos: los británicos, desorganizados y ruidosos, perdieron el factor sorpresa. No obstante, el mayor problema surgió mientras las fuerzas avanzaban por la densa maleza hacia las posiciones enemigas. Sin saberlo, las tropas imperiales ingresaron en zonas infestadas por colmenas de abejas africanas silvestres, una especie extremadamente agresiva. El sonido del fuego cruzado y las estruendosas ametralladoras, sumado al avance de miles de hombres, provocó la furia de estos insectos.
El ataque de las abejas fue contundente: no distinguió entre uniformes, pero golpeó brutalmente a las unidades británicas. Los soldados, envueltos en nubes de abejas, terminaron abandonando sus armas y dirigiéndose hacia la costa. Esta retirada desorganizada hizo que se perdiera el control de las unidades: las órdenes de reagrupamiento eran imposibles de obedecer cuando los soldados huían en medio del enjambre. Las picaduras produjeron reacciones alérgicas que los médicos no pudieron atender, al no estar preparados para semejante emergencia.
Las fuerzas alemanas aprovecharon la ruptura en la cadena de mando para contraatacar. Sus soldados, mejor preparados y adaptados al terreno, lograron repeler a un ejército numéricamente superior. La retirada británica dejó equipos militares, municiones, ametralladoras y fusiles abandonados, que fueron posteriormente utilizados por los alemanes.
La superioridad numérica y tecnológica del Imperio Británico no fue suficiente: ignorar las características del terreno ocasionó el fracaso de la operación. Este episodio recuerda que la naturaleza no es neutral cuando no se toman las consideraciones necesarias ni se evalúan todas las variables presentes en el campo operativo.
Que el conocimiento no se extinga.